sábado, enero 22, 2005

En la clínica: contracciones, emoción y mucho amor

Así salimos los tres rumbo a la clínica. No hubo pañuelos blancos agitándose por la ventana de un taxi, ni gritos de dolor, ni carreras por los pasillos de la clínica. Todo era muy relajado. Hasta demasiado. Yo esperaba gritos desgarradores de mi madre y sudores fríos de mi papi, pero no, los dos estaban super calmados. La enfermera los metió en una sala de dilatación y allí estuvieron durante media hora controlando las contracciones, hablando de sus cosas y organizando todo el ‘operativo Lucía’ relajadamente. Tras el chequeo les mandaron de nuevo a casa. Mi mami todavía estaba ‘verde’, que se controlase las contracciones y que volviese por la tarde.

Los nervios se habían quedado en casa, instalados en los cuerpos de mis abuelas. Fue abrir la puerta y las dos saltaron sobre mis padres inundándoles a preguntas. Ellos se repartieron la faena por idiomas y poco a poco fueron calmándolas. Así empezó una larga espera cronometrada. Mi madre intentaba relajarse y contabilizar las contracciones mientras mis abuelas pululaban por la casa intentando disimular su nerviosismo sin conseguirlo. Pero voy a pasar esto corriendo y voy directa a lo interesante: el parto.

Coloco ya a mis papis en la sala de parto, así de buenas a primeras, con las batas verdes y mi mami ya muy, muy dilatada. Ahora sí que la oía gritar, pero hacia dentro, con la boca prieta y la mano destrozando el brazo de mi papi. Ahora sí que sí. Por dentro, yo estaba en plena ebullición, me movía como una loca buscando la salida, pero seguía atascada en la pelvis. Nada, que por mucho que empujase no había forma de salir de ahí. Inspiraba fuerte, tomaba carrerilla y volvía a empujar, pero siempre tropezaba con el hueso. Por fuera, mi mami se retorcía de dolor y pedía la epidural. La comadrona quería esperar todavía un poquito más y mi papi ponía cara de querer arreglarlo todo, pero sólo podía agarrar la mano de mamá y besarla. ¡Ah! y mandar SMS a las abuelas que esperaban en el pasillo.

¿Y el ginecólogo? De camino. Llegó, vio y venció. Pues parece ser que yo lo intentaba pero no había forma de salir de mami. La pelvis y yo no éramos buenas amigas y yo ya me estaba cansando. Mis latidos, en lugar de subir su ritmo cuando daba alguno de mis empujones para salir, bajaban y eso puso nervioso al ginecólogo. Eran ya las 12,30 am y mi madre llevaba unas 15 horas de parto. ¿Qué tocaba ahora? La cesárea. Así que añadieron más epidural a la espalda de mami y la prepararon para la operación.

Mi papi no pudo entrar al quirófano. Así que en esto estuvimos mi mami y yo solas, bueno, acompañadas por todo un equipo médico de ginecólogo, enfermeras, anestesista y algunos mirones más. Todo fue muy rápido. Mi mami fijó su mirada en el reloj del quirófano y en cuatro minutos había llegado al mundo. Lloré, lloré y lloré para hacerles saber que estaba aquí y que ya tenía ganas de verles las caras. La comadrona me cogió enseguida y me llevó hasta mami. Ella no sabía qué hacer, si llorar, gritar o reír. Sus brazos estaban atados a la cama, de cintura para abajo totalmente dormida por la anestesia y la cabeza la tenía aturullada por todo el jaleo del parto. De repente me pusieron frente a ella, toda desnudita y amoratada y ella estiró los labios como pudo para besarme. Pero sentí su miedo. Estaba abrumada por la responsabilidad. Feliz, pero nerviosa. Una vez más, por su cerebro pasaron las palabras mágicas: Educación, Responsabilidad, Dinero. ¿Podría criarme como ella quería o habría que improvisar sobre la marcha?